Durante millones de años el ser humano desarrolló su cerebro en un ambiente hostil, donde era acechado por incontables peligros: bichos, grandes carnívoros, guerras tribales, etc.

El cerebro de los primeros hombres tenía la capacidad de alertarle de los peligros que les rodeaban, de llamarles la atención ante cualquier posible señal que pudiera ocasionar un peligro en sus vidas. Del mismo modo, su cerebro aceptaba como normal las cosas que no eran peligrosas. Las cosas buenas no destacaban para sus cerebros, puesto que no atentaban contra su seguridad. Así ha sido desde que éramos monos hasta hoy día.

Posiblemente, aquellos monos, cuando veían una flor bonita, no se paraban a admirarla ni a reflexionar sobre la belleza, sino que miraban detrás para asegurarse que no había una serpiente que les mordiera. Lógicamente, y por suerte nuestro entorno habitual ya no es peligroso, pero nos ha quedado esa forma de pensar tan típica de nuestra especie.

Quizás por eso debemos comprender que siempre tenemos tendencia a ver lo negativo de las cosas, y cuesta tanto, a veces, ver lo positivo.

Esta es una posible explicación a nuestra manera pesimista de ver las cosas. Yo no estuve en aquellas épocas para corroborarlo.

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