El blanco del papel era liso y yermo como la tundra, frío y desolador. Nada podía surgir de ese vacío inquietante, ese espacio sin referencias que se extendía ante sus ojos como la interminable y aburrida perspectiva de un insulso domingo de invierno.

No se encontraba inspirada. Las musas y demás seres iluminados que habitualmente la acompañaban, ahora la habían abandonado a su suerte. Una suerte de abulia sin sentido que presagiaba una jornada poco provechosa donde la creatividad, una vez más, se iba a esfumar.

Los duendes, las hadas, los seres elementales del lugar, seguramente andaban entretenidos en otros lugares más prósperos, y se habían ausentado de su hogar. Se encontraba sola, sin ideas, frente al gran lienzo blanco en el que supuestamente debía volcar sus genialidades.

Pero éstas, no aparecían. Ni genialidades, ni siquiera una simple vulgaridad, repetición de otros o inspiración indebida. Nada. Solo una gran tundra blanca, fría, vacía y sin forma ni límites. Una inquietud y un desasosiego plasmados frente a sus ojos que se mofaba indolente de su creciente ansiedad. La nada.

La nada le despertaba una sensación de vacío conocido. Una sensación de falta, como si careciese de algo inespecífico. Un sensación que conocía levemente, a la que en contadas ocasiones se había asomado. Una leve emoción le vino a su presente, era como una especie de vértigo, ligero, mortecino, que la llamaba con ecos en sordina.

Escuchó esa llamada. Le prestó atención a ese susurro interior. El vacío venía a ella. Surgía desde el pozo de su interior y se le mostraba una emoción vívida, de amor hacia si misma. Dejó llegar esa emoción y pudo sentirla cómo se asomaba frente a ella. Era una súbita alegría por sentirse ahí, viva y presente. Sin más.

La tundra de papel dejó de serlo. Formas, colores, estructuras tridimensionales, fueron surgiendo desde el centro de su alma. Una miríada iridiscente de dibujos, seres, fantasías e imágenes danzaban frente a ella como si, poco a poco, fueran llenando el vacío que momentos atrás había en su lienzo blanco de papel.

Que fácil le pareció a ella conectar con su creatividad, solo tenia que aceptar y dejar entrar en su alma la soledad blanca del vacío, rendirse y abrazarlo sin prejuicios y contemplar su propio espacio interior, con la tranquilidad de que las musas y duendes que pensaba estarían de juerga en otros lares, resultaba que estaban ahí mismo a tan poca distancia de su ser: en su espacio interior.

La tundra blanca de papel, dejó de serlo para pasar a ser un frondoso vergel de colores y frutos, saberes y sabores, emociones y sensaciones, luces y sombras, formas y espacios voluptuosos ricos en perfumes, recuerdos, proyecciones e instantes presentes. Gracias, querida tundra blanca de papel por estar ahí en mi.

Relato: Joan Ortín Meneses

Ilustración: Gemma Queralt Izquierdo

 

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