Todo lo que vivimos está sucediendo, pero es en nuestra mente donde se desarrolla el juego. Percibimos la vida de forma enriquecedora y plena, o llena de profundas carencias; dependiendo de la salud de nuestras percepciones. Nuestra realidad, lo que acontece, es absolutamente personal, la mayoría de las veces vivimos cada uno de los sucesos que ocurren de una forma individual, según las experiencias vividas, según la forma de mirar, y dependiendo de nuestras proyecciones en el futuro.

Cuantas veces mi familia y amigos me han dicho: ¡vives en tu mundo! Y Cuantas veces les he respondido: ¡estáis invitados! De nosotros depende vivir una u otra realidad. De nosotros depende vivir en un mundo elevado, lleno de satisfacción y sabiduría, donde todas las cosas son posibles. O vivir en un mundo a ras de suelo, difícil y lleno de sufrimiento, carencias e insatisfacciones. La libre elección de la realidad en la que vivo es una de las manifestaciones de mi libre albedrío para elegir, para decidir de qué manera voy a vivir mi realidad.

A veces me imagino las infinitas posibilidades que se abren ante mi como cintas transportadoras de esas que hay en los aeropuertos. Yo mismo puedo elegir entre subirme a la cinta transportadora que me lleva a una realidad de aceptación, sin lucha, con amor, viviendo en lo esencial, libre de juicio y crítica. O elegir una cinta transportadora que me lleve a la crispación, la lucha con lo que es, la no aceptación y la exaltación de lo egoico, el juicio y las sentencias.

El juego se realiza en mi mente, y se manifiesta en mi vida. Lo que mi mente es capaz de visualizar, la vida se encarga de cristalizarlo. Todo lo que es real ha sido antes una idea. Por eso la importancia de prestar atención a aquellas cosas en las que pongo mi foco. Vivir consciente de mis pensamientos, de mis reacciones, de mi diálogo interno nos elevará a una realidad. El flujo de la vida se manifiesta en un continuo devenir de acontecimientos, mientras la magnitud de la creación se cristaliza tras ese fluir constante de ideas que afloran en el pensamiento. La indescriptible belleza del universo se expande continuamente a través de nuestra mirada y es por eso que adquiere tanta importancia sentir, ver, oír y percibir sin el filtro enrevesado de mis programas mentales.

A un nivel conciencial más alto, aceptar lo que es, lo que está ocurriendo en mi vida, sin juicios, sin exceso de imaginación proyectada en lo que pueda ocurrir. En otros casos, sin miedo por lo que en mi experiencia pasada ocurrió. Vivir aceptando la luz y la sombra. Rendidos y sin lucha ante lo que la vida me da. Entrenar ese percibir y sentir, no desde la mente si no desde el cuerpo, es una de esas tareas saludables y que conviene ejercitar. No en vano el cuerpo es el templo que da soporte a nuestra esencia, a nuestra alma. El cuerpo es ese espacio sagrado, el umbral y puerta de entrada a nuestra mas profunda esencia, porque en el cuerpo se expresa de forma contundente nuestra realidad.

Observar qué sientes, escuchar qué dice tu organismo, prestar atención a las enfermedades que nos achacan, sin la perturbadora manipulación de nuestros patrones y “software” mental, es la mejor manera de entender el juego de la vida. De tomar consciencia y darse cuenta de que es aquí y ahora donde se está jugando.

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