El cambio de temperatura era agradable. Afuera hacía un calor bochornoso, de esos que te dan la sensación de que se pega la ropa a la piel. Bajo la impresionante bóveda de acero y cristal, formada por enormes columnas de metal negro en los que descansaban gigantescos arcos, también de acero negro, se formaba una fresca corriente de aire que aliviaba el calor estival. La enorme estructura nervuda era un espectáculo, que te hacía sentir diminuto en la inmensidad, aún estando a cubierto.

Por encima de las conversaciones ajenas se oía el rechinar de los trenes sobre las vías y el rugir de los convoyes cuando, al fondo de la estación, aceleraban para salir de la terminal. Los vagones brillaban con destellos de luz cuando sucesivamente pasaban de la penumbra de la estación al rutilante sol de agosto.

Al mismo tiempo, el rítmico repiqueteo de los tacones de Arianne resonaba sobre la pulida y acristalada superficie de mármol, también negro. Su graciosa figura atraía las miradas de curiosos transeúntes y se reflejaba en el cristal del mostrador mientras se acercaba con actitud decidida a la ventanilla de venta de billetes de la terminal del ferrocarril.

-Deme un billete de tren, por favor- dijo ella con voz segura.

-¿Adónde?- preguntó la expendedora de billetes con la impaciencia de quien ya mira de reojo la hora porque sabe que le queda poco para finalizar su larga y aburrida jornada de trabajo.

“Oh, Que fastidio” pensó Arianne, mientras cambiaba de peso sus largas piernas. -¿cómo que adónde?- le preguntó.

-Sí. Tiene que decirme adónde quiere ir. Si no me lo dice no puedo venderle un billete- argumentó la taquillera con la mueca airada que provocaba la lógica de sus argumentos.

-Pues, no lo se… yo solo quiero un billete de tren- replicó ella, no sin cierta impaciencia.

La vendedora se acomodó la gafas sobre la punta de la nariz, mientras alzaba la mirada intensa hacia ella. -Señorita, si no me dice adónde quiere ir, le voy a tener que vender un billete a cualquier destino-.

Una duda fugaz pasó por el lindo rostro de Arianne. -Pero es que… no lo había pensado. Yo solo quería subir al tren -argumentó ella- es lo que hacen todos.

La expendedora tomó aire mientras se quitaba las gafas. Con una sonrisa de condescendencia le dijo -querida, si no sabes adónde quieres ir, no tendré más remedio que venderte un billete del primer tren que pase, vaya a donde vaya. O lo que es peor, me comprarás un billete a un destino que quizás no te guste-.

Cuando somos jóvenes, solo unos pocos tienen claro qué es lo que quieren ser en su futuro,
y son precisamente esa minoría los que logran triunfar en cada una de sus disciplinas que eligieron.
Si no lo hiciste cuando eras joven, aun estas a tiempo, pero hazlo ya. No hay tiempo que perder.
Siendo optimistas tienes una ventaja frente a ellos, y es que muy probablemente a éstas alturas ya sabrás
qué es lo que NO quieres en tu vida.

A veces, las experiencias en la vida son como los pasatiempos de unir puntos. ¿Te acuerdas de
aquellos pasatiempos de la revista Quiz tan divertidos? Tenias que ir uniendo una serie de puntos que estaban
numerados, de forma que cuando acababas aparecía una figura, como por sorpresa. A mí me encantaba.
Pues todo lo que hasta ahora has vivido es uno de esos pasatiempos que aun no está terminado,
no sabemos aún que será nuestro dibujo, pero cada una de las experiencias que has vivido tiene un porqué.

Averígualo, encuentra el hilo conductor, reflexiona. No es tan difícil, aunque no siempre es agradable,
tu lado oscuro, ya sabes, no es fácil de aceptar. Peor sería que al final de tu vida el dibujo resultante
no te guste.

Define adónde quieres llegar, dibuja la ruta en la carta de navegación, marca el rumbo y zarpa
con tu nave. Disfruta del camino, y ten por seguro que no hay ni un solo elemento de tu periplo, ni un solo
escollo en tu ruta que no seas capaz de rodear, superar, capear.

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